Crónica de ascensión al volcán Quewar
La montaña, mi gran amiga, y Nano y Rodolfo mis dos amigos con quienes físicamente comparto una vez más ésta experiencia formidable del encuentro con la madre tierra, y mi esposa con mis tres hijas quienes no dejan de acompañarme en mis pensamientos donde quiera que yo esté, donde quiera que yo vaya.
Mi trabajo es llevar turistas a la montaña pero éstas salidas con amigos son como una necesidad.
El volcán se llama Quewar, y su cota máxima es de 6.160 mts. corroborados con mi GPS, se encuentra a unos 300 kms. de distancia de la ciudad de Salta.
Con el vehículo nos aproximamos al campamento base a 4.200 msnm. En donde armamos las carpas y al día siguiente ya con mochilas pesadas hicimos el ascenso al campamento de altura ubicado a 5200 msnm dentro del cráter del volcán.
Ya en el segundo campamento se puede sentir el cansancio del viaje, la fatiga de la carga, la dificultad para dormir y la ansiedad del inevitable pensamiento por el resultado en el día de ataque a la cumbre.
Somos tres amigos, Rodolfo y yo somos guías y Nano muchas montañas también. La confianza mata al hombre, y quizás no distribuimos bien las tareas pero el hecho es que no teníamos las raciones energéticas necesarias (comida con muchas calorías) para atacar una cumbre de tal porte como el Quewar.
Entonces con una fruta cada uno, y enterrando un puñado de hojas en ofrenda a la pachamama iniciamos el ascenso final.
El desnivel era de 900 mts desde el campamento de altura, pero a partir de los 500 comenzó el terreno nevado y comenzamos a usar los crampones coincidentemente con la ingesta de la única y última manzana del día. El tiempo estaba muy bien desde un principio pero poco a poco el viento comenzó a hacerse sentir junto a la fatiga de hundirse en la nieve y al estómago vacío que ya no encontraba reservas energéticas para compensar semejante demanda. El agua se congelaba estando dentro de las botellas y dentro de las mochilas por lo que tomarla requería de una ceremonia de contenerla en la boca antes de ingerirla y así templarla para no dañar la garganta con el frío.
Si bien yo era el tercero y mis dos compañeros iban haciendo las huellas al subir, no lograba la “ventaja” de encontrar los escalones sólidos sino que se hundían cada vez más y más convirtiéndose todo esto en una lucha personal contra mi destino de alcanzar la cumbre mientras el viento levantaba y arremolinaba la nieve en forma de hielo molido que golpeaba mi cara.
Luego de casi 7 horas de ésta especie de sacrificio voluntario en pos de ése algo que tenemos los montañistas pero que es difícil explicar, nos encontramos en una cumbre batida por un viento que no nos dejaba estar de pié ni disfrutar del paisaje que dominaba ése coloso de la puna salteña. Decidimos bajar de inmediato entonces.
Aún con la falta de energía para el descenso, me propuse disfrutar lo que no había hecho en el ascenso. A medida que bajaba decidía sentarme a contemplar la inmensidad de lo que me rodeaba.
De nada sirve darle los nombres de las montañas o valles por que pocos los conocen pero les puedo decir que era como estar sentado en una maqueta de la zona andina con los salares y cerros dispuestos de tal forma que desde allá arriba uno puede entender que la naturaleza no tiene límites ni fronteras. Lo único que me recordaba eso era el volcán Láscar chileno que con su suave columna de ceniza te anunciaba el desierto de Atacama.
Llegamos exhaustos a dormir al campamento de altura y al día siguiente descender otros mil metros al campamento base en donde habíamos dejado el vehículo que por cierto costó mucho ponerlo en marcha.
Luego de andar 50 kms. llegamos a un pueblito llamado Olacapato de 100 habitantes donde nos dieron comida y la señora Emma, que mientras nos cocinaba, nos contaba con los ojos llorosos que debido al cierre de una minera el pueblo estaba con un altísimo desempleo y que había familias que solo comían una vez por día, suspendiendo desayunos, meriendas y cenas.
Al legar a Salta dejo en sus casas a Nano y Rodolfo quedando en firme la idea de formar nuestro grupo “Los Guanacos Solitarios” y ya en casa mi mujer me muestra un cuestionario que le hicieron a mi hija Paula,la mayor (9 años) y que en su última pregunta ¿qué es lo que más desea? Ella respondió “estar junto a mi papá cuando él no está”.
La necesidad de salir a la montaña con mis amigos, el sacrificio físico y mental de la expedición, la inmensidad de la naturaleza, la desesperación de un pueblito que agoniza víctima de un país quebrado y el mensaje de mi hija fueron...................demasiados impactos y muchas reflexiones en tan pocos días.
