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Recortado sobre el opalino
cielo del confín puneño, descolla la sobrecogedora silueta del volcán
Llullaillaco, con sus 6.739 metros de altitud y su casi mágico encanto.
Generaciones de hombres de
diferentes culturas y tiempos históricos sintieron el
"llamado" de la montaña, esa fuerza casi sobrenatural que
provocan los quiméricos y desolados paisajes de la cordillera andina.
Es posible que hombres de
culturas preincaicas veneraran a este fabuloso volcán y lo consideraran
como "algo especial", nunca fue una montaña mas de la
cordillera; los Incas, a escasos metros de la elevada cúspide
construyeron con rocas una "choza doble circular" que los
arqueólogos denominan en forma genérica "Santuarios de
Altura", allí, de acuerdo a lo indicado por los documentos y
estudios etnohistóricos, se realizaban ceremonias propiciatorias.
Durante siglos, viajeros, "comerciantes" y arrieros que
transportaban recuas de llamas hacia la región atacameña y costa pacífica
recalaban en ese hito tan importante, enjundioso por su simbolismo y
significancia cultural. Leyendas varias, historias de tapados indígenas
y cavernas profundas, entre otras riquezas folclóricas, hacen del
Llullaillaco una montaña fuera de lo común, un elixir para los
aventureros, científicos y soñadores.
De todas las historias que
acaudala el volcán Llullaillaco, una ha cobrado mayor relevancia en los
últimos tiempos, siendo el motivo de reiteradas visitas exploratorias
por parte de especialistas en estudiar las cavernosidades del planeta,
esto es los espeleólogos. Esta historia de cavernas, aventuras y
misterios comienza como tantas otras, con un relato de la popular
tradición oral y mucho entusiasmo.
En el año 1932, en la
localidad puneña de San Antonio de los Cobres, el viejo baqueano
Valeriano Pantoja deleitaba los oídos y exaltaba la imaginación de dos
jóvenes profesionales que se encontraban en ese pueblo realizando
exploraciones sanitarias y estudios de ecología humana. Sin duda, la
historia de la "CHUNGARA" del Llullaillaco (cueva, donde se
refugiaban los arrieros con sus llamas mientras viajaban a Chile) había
conmovido y movilizado a los médicos Salvador Mazza y Miguel Jorg.
No tardaron estos hombres
emprendedores en organizar una expedición al gigante andino en busca de
la cueva mencionada por Pantoja. Durante el viaje de acercamiento, que
les demandó diez días a lomo de mula por uno de los lugares mas inhóspitos
del planeta, el relato del baqueano retumbaba cada vez con mayor fuerza
en sus mentes y tal vez la imaginación les describía aquel
"gigantesco hueco cónico en el corazón de la montaña, cuyo piso
tendría centenares de metros de extensión y cuya altura era
inmensurable, pues su techo se habría de perder en la inmensidad del
techo que la aloja, chimenea de una cráter volcánico apagado" .
En el interior de esta caverna, donde otrora se alojaban centenares de
animales, Valeriano hizo referencia de la existencia, entre otras cosas,
de restos de fogones, pictografías líticas, fragmentos de cerámica y
otros materiales manufacturados.
Una vez en el lugar, los
expedicioonarios pasaron largas horas tratando de encontrar la boca de
acceso, hasta que finalmente dieron con una "abertura chata de 50 -
60 centímetros de altura y quizás un metro de ancho irregular y
erizada de filosas rocas quebradas".
De los seis miembros que
integraban el equipo de aventureros, cuatro bajaron al interior de la
chungara, el primero en descender fue el salteño "Flaco"
Reales, longilíneo hombre oriundo de Luracatao, quien atado a una soga
de cáñamo no tuvo problemas en adentrarse, dando luego la voz de
aceptación, se trataba de la famosa "chungara".
El rico relato de Jorg
merece ser transcripto aquí (parcialmente), ya que se trata de una
preciosa pieza literaria poco conocida y que nos transportará a ese inhóspito
paraje puneño donde transcurrieron dramáticas horas estos hombres de
ciencia; dicho relato fue la fuente de inspiración de los espeleólogos
del Grupo Espeleológico Argentino, quienes dedicaron infructuosamente
durante cuatro campañas localizar la preciada "Chungara del
Llullaillaco".
"¡Allí estábamos !
La inmensa caverna cuyo piso configura un óvalo que apunta al NE y cuyo
largo máximo llega a los 560 metros se mostró efectivamente como un
enorme cono, casi un cilindro, cuyo límite superior no era visible pues
el haz de luz de nuestras más poderosas linternas de 7 elementos
voltaicos, que fácilmente llegaban a 500-600 metros se perdía en el
vacío. Por alguna grieta oblicua en las alturas, se filtraba un tenue y
neblinoso haz de luz diurna, que no alcanzaba a disipar la lóbrega
oscuridad del pétreo recinto.
Si bien grandiosa en su
conformación, aquella catedral del silencio y las tinieblas se mostró
negativa en sus aspectos arqueológicos, quizás por insuficiente
exploración de nuestra parte.
El ambiente era frío, pero
húmedo y sofocante; se advertía que el aire de la caverna no se
renovaba por falta de circulación. La pared del cono estaba cubierta de
una espesa capa viscosa de líquenes y algas, pero fue imposible
descubrir el menos rastro de pictografías".
Luego de tomar algunas
fotografías, filmar y levantar un plano de la cueva los expedicionarios
emprendieron la retirada, el último en salir fue el doctor Jorg,
pero..."al llegar a la mitad del túnel, súbitamente me atasqué;
no supe si mal orientado mi cuerpo o quizás distendido por el sofocón
no pude avanzar más. Se me alargó una segunda cuerda. Imposible
avanzar ! Una aguda y filosa piedra se me clavaba en la espalda a tal
punto que el último tirón me hizo tiras la camisa y me produjo una
profunda herida desgarrada en la espalda. Me alcanzaron una de las
fuertes zapas-picos de escalar montaña para que tratara de picar la
roca y eliminar el obstáculo. Me acomodé acostado de lado en la parte
más ancha del túnel y empecé a castigar con furia la saliente de roca
con la zapa. A los pocos minutos tuve la sensación por el ruido del
impacto, cada vez más sordo, que la roca saliente se desprendería.
Introduje la zapa en una grieta que flanqueaba el saliente e hice
palanca. Siguió un sordo estruendo, un remedo de trueno y una laja
inmensa, bloque de tamaño incalculable se soltó, cerrando casi por
completo el estrecho pasaje. Algunos crujidos más y un ruido alejado de
aluvión; la boca del túnel se oscureció por completo y luego el
silencio absoluto en mi derredor : ¡Prisionero del Llullaillaco !. Me
invadió súbitamente una desesperación incontenible, una angustia
tremenda de invalidez e incapacidad ante la fuerza de la naturaleza,
frente al mudo y supremo poder megalítico de la montaña que con un
simple guijarro me separaba del resto del mundo, quizás del resto de mi
vida. Desfilaron ante mi en cinematográfica caleidoscopía nuestro
laboratorio en Jujuy, mi casa en Buenos Aires, la figura de mi madre
sentada ante la mesa de nuestra casa, mi novia morena y delgada, un gran
amigo, el negro Juan Alberto entre papeles de trabajo, todo con una
fidelidad fotográfica asombrosa, recordé en vertiginosa sucesión
miles de detalles de mi vida: un traje nuevo, un frasco de agua de
colonia penetrante, el aroma de cigarrillos rubios que me acababan de
obsequiar, y así no se cuanto tiempo, hasta que me di cuenta que estaba
invadido de un miedo horroroso, ciego e inerte de pánico.-
Poco a poco me fui serenando
y decidí entrar en acción antes de que pudiera desfallecer. [...] era
imperioso que hiciera algo, adelantándome a cualquier esfuerzo de mis
compañeros.
Fuera de la zapa-pico no
llevaba encima más que un cuchillo de monte, una pequeña brújula
Bazard y una linternita chata de bolsillo. Rehice mentalmente el plano
de la caverna que yo mismo había trazado antes y decidí explorar palmo
a palmo la pared en busca de otra salida. Hice de vuelta sin haber
encontrado más que la superficie mojada y viscosa del muro de piedra.
La exploración me había
dejado cansado y me senté en el suelo; al apoyar una mano toqué unos
pelotones con consistencia blancuzca y al iluminarlos vi que era estiércol
de mulas. En ese momento me surgió súbitamente un pensamiento: ¿Que
se hizo de la entrada a la caverna, por la cual habían entrado arrias
de mulas y llamas ? ¿Como se había cegado el camino ?. Con la mayor
concentración que me lo permitía el desbaratado estado de ánimo traté
de trasladar, sobre la pared de la caverna la zona que correspondía a
la cornisa y tras varios tanteos, afortunadamente mi pequeña brújula
era visible en la oscuridad, me orienté sobre una parte de la pared
rocosa que en nada se diferenciaba del resto del cuerpo de la montaña.
Pero repitiendo el examen, palmo a palmo, encontré una especie de
saliente, un lomo vertical que empecé a atacar con la zapa-pico.
Aparentemente todo era piedra y el pico rebotaba desprendiendo chispas,
pero insistiendo en el ataque, la punta del pico calzó en algo blando;
hice palanca y se desprendió un predrusco de unos 0,30 de diámetro
dejando un hueco barroso. Arremetí entonces con furia y fui labrando
poco a poco un hueco en lo que parecía ser el tapón de la entrada,
apretujada masa de pedruscos aglutinados por un limo arcilloso
evidentemente material de aluvión.
Había avanzado unos 5-6
metros. En ese momento se me ocurrió reflexionar que yo luchaba contra
una incógnita : ¿Que espesor tenía la pared de derrubio que obturaba
la grieta? Seguro que no menos de 10-15 metros, que era el grueso del
cascarón de montaña en lo largo del túnel por el que habíamos
entrado. Pero era posible que por fuera sobre la ladera se hubieran
acumulado otros tantos metros de material de aluvión. Tendría objeto
seguir cavando. No pude pensarlo. No pude pensarlo, pues me sentí
impulsado irrefrenablemente a seguir dando golpes de pico hasta agotar
las posibilidades de avance. Así metro a metro, cada vez más lento,
hasta que los brazos languidecían no queriendo obedecer más; tenía la
boca seca al extremo por el esfuerzo y la tensión nerviosa. Me
resultaba cada vez más penoso tenerme de pie sobre la masa de piedras
que yo mismo iba arrancando y desmenuzando. Llegó un momento en que me
fue imposible continuar; caí al suelo y quedé instantáneamente sin
sentido. He pensado muchas veces que, si de esta manera hubiera muerto
por agotamiento cuan leve y sin transición de sufrimiento hubiera sido!
Cuando desperté estaba
envarado y tardé largo tiempo en recuperar la movilidad y las fuerzas.
El ambiente sofocante del túnel que había cavado era insoportable; me
volví a la caverna, busqué un hilo de agua que caía por la pared y
traté de refrescarme con aquella humedad salobre.
En ese momento oí un lejano
y sordo estruendo, extrañamente retumbante en la caverna. Un explosión!
Significaba que mis compañeros estaban tratando de volar alguna parte
de la pared de la caverna, pero donde? Volví al ataque en mi túnel en
la espera de oír nuevamente alguna detonación que me orientara sobre
la posición de mis amigos. Sin embargo ella no se repitió.
Continué cavando
furiosamente sin detenerme, con obstinación suicida tratando de dar
golpes de pico cada vez más fuerte. Súbitamente asesté un golpe
desesperado y se me vino encima un alud de piedras. Casi semisepultado,
volví a perder el sentido a medias.
Me recobré aturdido,
maltrecho y creí que alucinado por el golpe, pues veía en torno mío
una leve claridad. Pero no me engañaba, a la vista de la luz siguió
una voz conocida: "Puco ! ¿estáis allí ?". Era el grito de
Tilincho. Me incorporé y me lancé hacia la claridad. [...] Quise
contestar y sólo me salió un ronco gruñido, pero los golpes de la
piqueta dieron a entender que yo estaba allí. Del otro lado contestó
un vigoroso concierto metálico de herramientas e imprecaciones collas y
media hora más tarde me lavaban la cara con una cantimplora a la luz
del sol, mientras el Llullaillaco permanecía impávido ante la aventura
de las hormigas humanas que se habían aventurado a su corazón.
Cuando en el camino de
vuelta la figura del Llullaillaco se iba perdiendo oculta en la rojiza
sombra crepuscular del macizo andino, su cumbre se me antojó más
amenazante y fiera que cuando a él arribáramos, como si fuera la
Upamarca, la prisión del alma de la montaña y quizás fuera así,
porque esta vez, la presa se le había escapado".
Tan apasionante historia
genera estrepitosos efectos en la imaginación y el espíritu de
aventura de cualquier hombre, mas aún si se dedica a la espeleología;
pero, concretamente qué es la espeleología?.
Espeleologia en el
legendario Llullaillaco
Se trata de un término
derivado del griego y significa "ciencia de las cavernas", acuñado
en las postrimerías del siglo XIX por un francés apellidado Martel. Lo
cierto es que esta actividad cabalga entre el deporte y la ciencia,
debiendo los que la practican estar preparados física, técnica y
psicológicamente. La espeleología tiene una gran diversidad de motivos
u objetos de estudios, no se trata solamente de ingresar en un
cavernamiento natural de la tierra y describir lo que existe en su
interior. Con el transcurrir del tiempo se fueron generando multitud de
especialidades acorde a las necesidades surgentes de las exploraciones y
profundidad de análisis, así se acercaron a esta actividad geólogos,
biólogos, arqueólogos, geógrafos, paleontólogos, hidrólogos, psicólogos
y otros tantos, dando origen a neologismos como Bioespeleología,
Espeleohidrología, Geoespeleología, Arqueoespeleología,
Espeleopaleontología, etcétera.
A fines del mes de marzo de
1997 un grupo del CAE (Grupo Espeleológico)
liderado por el conocido espeleólogo Julio Goyén Aguado intentaron por
cuarta vez (las campañas anteriores fueron en 1983, 1987 y 1990) dar
con la caverna ubicada en 1932 por Salvador Mazza y Miguel Jorg, no fue
posible hallarla. Indudablemente (y no es para menos) este grupo de
espeleólogos quedó prendado con la hechizante belleza del coloso
altiplánico, siendo factible su retorno en otra u otras oportunidades.
El hombre es curioso por
naturaleza, dejándose muchas veces guiar por el impulsivo entusiasmo y
sed de aventuras, pasa por alto una serie de premisas y recaudos que
debería tener antes de incursionar por una geografía nueva y a veces
peligrosa como lo es la zona del LLullaillaco.
El espectacular arribo de
los espeleólogos del C.A.E. a la ciudad de Salta, montados en una logística
digna de admiración y sana envidia, provocó en el medio, gracias a la
propaganda periodística, una gran repercusión, siendo el comentario
generalizado de la gran mayoría. De todas las personas que siguieron de
cerca el desarrollo de la expedición, muchos desearían estar en el
lugar de los hechos, ser protagonistas y hallar la famosa caverna del
relato de Jorg. Justamente allí radica el peligro. Gente que se
aventura sin conocer el terreno y carentes de los medios necesarios
ponen en juego su integridad física e incluso su propia vida.
Es importante que el público
en general sepa que la espeleología no es un simple pasatiempos y que
cualquiera no está en condiciones de practicarla. Al igual que el montañismo
requiere de un adiestramiento físico, técnico y psíquico, nada del
otro mundo ni mucho menos difícil, pero si indispensable.
El patrimonio natural y
cultural es un legado que nos pertenece a todos, nosotros simplemente lo
tenemos "a cargo" para que todas las generaciones futuras
puedan disfrutarlo. Es nuestra responsabilidad proteger y velar por
estas riquezas con gran celo. En una sociedad tan superficial como la
nuestra (no toda por suerte), donde la pérdida de valores éticos,
morales, etc. forma parte de la cotidianeidad, este tipo de actividad
científico deportiva, estos modernos exploradores de inhóspitas
tierras vienen a llenar parte de los vacíos generados por el mundo
urbano; pero, como todas las cosas, se debe en este caso actuar con
prudencia y mucho respeto hacia las condiciones del terreno y hacia el
patrimonio natural y cultural.
Es necesario que las
personas de la ciudad de Salta y de todo el país sepan que antes de ir
a realizar cualquier tipo de exploración o expedición con fines científicos
deben solicitar la autorización correspondiente ante los organismos
oficiales, en el caso de Salta la Dirección de Patriomonio Cultural,
dependiente de la Secretaría de Cultura, puesto que existen leyes que
así lo exigen. Si la intención es ir a conocer esos bellos lugares,
existen en la ciudad de Salta cuatro clubes de montaña y aventuras con
gente experimentada y material bibliográfico y cartográfico que pueden
brindar toda la información requerida (Club Amigos de la Montaña, Club
de Montaña Janajman, Club de Aventuras Salta y Club Andino Salta).
Finalmente, existe un centro especializado, con el cual todos los clubes
colaboran, abocado a la formación, concientización y comprometido con
el patrimonio natural y cultural que, como se mencionó anteriormente
"tenemos a cargo"; esta entidad es el CECOPAM (Centro para la
Conservación del Patrimonio de Alta Montaña - Salta). Las montañas de
la cordillera andina albergan innumerables riquezas que deben ser
disfrutadas por las generaciones futuras, tal como nosotros lo hacemos
en la actualidad.
Llullaillaco, montaña
sagrada de los Incas, esquivo, adamantino, pétrea catedral de la Puna
que atesora inconmensurables misterios en sus entrañas y quita el sueño
a los osados hombres que no pueden resistirse a su encanto.
Llullaillaco, hechicero de los sueños, permanecerá silente en su
morada hasta que él decida quien romperá su encanto.
(En
la revista "Miradas: Artes, Ciencias y Creencias del Norte". Nº
9. Junio—Julio de 1997. Salta. Argentina.)
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