La Historia
Uno de los primeros en citar al Llullayllaco en un trabajo científico fue el alpinista e investigador austríaco Mathias Rebisch. El artículo, “In der Puna de Atacama”, aparecido en 1958 en el Jahrbuch des Tiroler Alpenvereins, traducido por el Dr. Oswald Menghin, fue reproducido en los anales de Arqueología y Etnología de la Universidad Nacional de Cuyo (Argentina) en 1966.
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Aquel viajero, que efectuó dos expediciones al Llullayllaco, lo describe en forma idílica: “En regularidad perfecta, surge con blancura de nieve inmaculada a una altura inconcebible, de los cerros violeta oscuros hacia el cielo azul acero de la Puna, hasta los 6730 metros con filos de roca y lenguas de hielo. Una montaña maravillosa que invita a escalarla... totalmente aislada, es la montaña dominante del centro-norte de la Puna de Atacama. Cuando los conquistadores espeñoles en el siglo XVI pasaron a su lado, todavía vieron surgir humo de su cumbre... cien años antes de aquellos habían pasado cerca de los Incas en su gran campaña de conquista hacia Chile y habían construido una carretera militar paralela a la costa chilena y otra al este, al pie de la cordillera. En el medio se hallaba el Llullayllaco. |
“Muchas leyendas giran todavía alrededor de él, y en las mentes de los trabajadores de La Casualidad (se refiere a la cercana mina de azufre, hoy semiabandonada, último lugar habitado antes de llegar al volcán) existe la acostumbrada historia de un tesoro incaico que fue salvado de los españoles ocultándolo en su cumbre”.
Rebisch excava, en un sitio llamado Cementerio Inca, a 5900 metros aproximados sobre el nivel del mar, las ruinas de una construcción rectangular (quizá una “Pascana” o paradero incaico) y es el primer europeo en denunciar, gracias a la alfarería cuzqueña hallada en el lugar, la presencia Inca en el Llullayllaco, según un artículo aparecido en el diario La Nación de Buenos Aires el jueves 1 de junio de 1961. En nuestra segunda expedición pudimos ver “in situ” como testimonio de aquella excavación, trozos de alfarería de aquel origen. Vale la pena destacar que, pese a su fama como expedicionario a los Andes y al Himalaya, y al apoyo del CONICET, el Museo Etnográfico de Buenos Aires y el Ministerio de Educación el Tirol, Austria, a Rebich su excavación no autorizada en el Llullayllaco le costó una queja de la provincia de Santa y la apertura de un expediente por depredación del Patrimonio Cultural Nacional.
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El Dr. Eduardo Jorg, médico, biólogo y naturalista argentino, permaneció durante 15 años trabajando para la Misión de Estudios sobre Patologías Regionales de la UBA; como tal, fue ayudante del ilustre Dr. Mazza, descubridor del mal que lleva su nombre unido al de Chagas. Permaneció en Jujuy hasta 1945. En 1932, conoce a un guía puneño, Valeriano Pantoja, quien le habla del Llullayllaco y sus misterios, especialemente de la gran Chincana donde se ubicaba la Pakarina Colla y también el escondite de los siete cogotes. Siguiendo sus indicaciones, al llegar al volcán el Dr. Jorg y sus guias tienen la suerte de encontrarla y penetrar en su interior. El científico la describe como un cono, casi un cilindro de planta oval, cuyo largo máximo es de 560 metros. El techo no era visible, pese a haberlo buscado con una linterna de siete elementos voltaicos. En un sector del suelo, se hallaron muestras de “taquia” (bosta de llama) y también estiercol de mula, fragmentos de botijos de agua u otra alfarería utilitaria, y aún testimonio de presencia europea, como botones, etc. Al intentar salir por el estrecho túnel, el científico quedó atrapado, situación en la que permaneció por varias horas, hasta que los puneños que lo acompañaban lograron ampliar el pasadizo. Evidentemente, la Chincana por primera vez había sido vista por ojos científicos modernos. Pero pese a posteriores expediciones en su búsqueda (destacamos las tres efectuadas por el Centro Argentino de Espeleología en la década del ‘80 en busca de la que hubiera sido la formación kárstica más alta del mundo) nunca fue hallada. |
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El Qhapaq ñan o Inka ñan (camino del Inca), era la vía de comunicación que unía los diferentes pisos ecológicos de la vasta geografía del Tahuantinsuyu y representaba simbólicamente al poder y la autoridad del Estado Inca. El camino estaba exclusivamente destinado a tareas estatales, y existía un riguroso control mediante puestos de peaje, de observación y de vigilancia distribuidos de manera equidistante y conectados visualmente entre sí. Estos caminos alcanzan su máxima expresión simbólica cuando conducen hacia los santuarios de altura como el Llullaillaco. Hoy nos parece increíble que se hayan construido caminos que asciendan hasta 6.739 m, pero el peso de la realidad nuevamente nos hace admirar a esta cultura de hombres que hicieron de la montaña un objeto de culto, tan magnánimo como para que se justifique tremenda labor constructiva y la entrega de sus seres queridos como ofrenda a los dioses.
Nuestras investigaciones en el terreno indican que existen por lo menos dos caminos incaicos que llegan al volcán, uno proveniente de la Salina del Llullaillaco situada al Este del mismo; el otro, del NNE posiblemente provenga de las proximidades de Socompa o con mayor seguridad de Chile, uniéndose ambos en un tambo incaico ubicado a 5.200 m. Recientes averiguaciones indican la existencia de otro camino por el SO.
La ruta generalmente empleada por andinistas y arqueólogos, fue la que utilizaban los Incas para dirigirse a la cúspide del santuario. La misma gana altura paulatinamente mediante un trazado en zigzag que asciende a través de la ladera Este y se dirige hasta la propia cima del volcán, jalonado por unos cinco sitios ubicados en diferentes cotas altitudinales, que seguramente sirvieron de refugio y depósito a los Incas cuando trepaban al volcán. Debido a los procesos erosivos y a los cinco siglos transcurridos, el estado de conservación del camino es malo, no obstante, todavía se pueden apreciar algunas hileras de rocas que servían de muros de contención y nivelación del piso. El ancho del mismo oscila entre 1,50 y 2 metros. Un detalle que llama la atención es la existencia de maderos o troncos de casi un metro de longitud en cada curva o ángulo del zigzag, los que aparentemente estaban erguidos para indicar el derrotero en caso de nevadas. La presencia de maderas en los costados de los caminos fue común en los desiertos andinos, pero no se había registrado hasta el presente en las altas montañas.
Hace cinco siglos, por este camino, ascendieron sacerdotes incas con tres niños que fueron ofrendados cerca del cielo, próximos a su deidad principal, el sol.
El legado de los Incas
Esta fragmentada información es suficiente para que tengamos una idea de esa otra dimensión existente en torno a las cerros de la cordillera andina. Nuestras montañas poseen una característica distintiva que la diferencia de otras, que debemos respetar, preservar y difundir. Es responsabilidad de todos cuidar de los santuarios de altura, para que las generaciones venideras puedan disfrutarlos y estudiarlos con mayor profundidad.
Ascender e imaginar los rituales, personajes, momentos sublimes o dramáticos vividos varios siglos atrás, es todo un desafío que se suma al propio de la montaña, más aún si hablamos de macizos que superan holgadamente los 6.000 metros.
Transitar por la geografía sagrada de los Incas en las montañas del norte argentino es como visitar un gran museo al aire libre, es retroceder en el tiempo y ponernos en contacto con otra cultura, con hombres y mujeres que dejaron su huella en el espacio y que hoy, en un diálogo diferido, intentamos descifrar.