|
ASCENCIÓN EN SOLITARIO AL NEVADO DE CHAÑI (5.950msnm) Salta, 23 de mayo de 1996. - Allá por el mes de junio de 1995, le pregunté a un amigo: ¿que te parece si subimos el nevado de Chañi?, y él me contestó que sí. Era su tercer intento y no lo dudó. Me contó que en dos oportunidades lo intentó y no pudo llegar a la cumbre, una vez por que no estaba en condiciones físicas y otra vez por que tuvo principio de congelamiento en los dedos del pié y sus compañeros debieron descenderlo urgente para recuperarlo. Tomada la decisión partimos al cerro, dejamos el vehículo en la base y subimos a instalar el campamento de altura. Al llegar al mismo, yo presentaba signos evidentes de hipotermia por lo que me limité a recuperar la temperatura en la bolsa de dormir y pernoctar sin cenar. Al día siguiente me sentía sin fuerzas, y le sugerí a mi compañero ascender a otro campamento de altura dándome oportunidad de recuperarme, pero ante su negativa, decidí intentar el ascenso a la cumbre. Mi ritmo era muy lento, y mi compañero comenzó a alejarse más y más. A las 19 hs. me encontraba casi a los 5.000 mts. y observé que mi amigo venía de regreso en la antecumbre, y ya casi era de noche. En ése momento entendí que debía esperarlo y regresar al campamento. Desde aquella oportunidad me quedé masticando el fracaso de no haber podido alcanzar la cumbre, y la decepción de haber sido abandonado por mi compañero al ver mi condición física. Se conjugaba una mezcla de frustración, bronca y desilusión. Sabía internamente que mi estado físico era el correcto para ésta ascensión pero la “puna “ no me perdonó. La Pachamama intentaba comunicarme que la montaña permanecería allí, y que sería posible la próxima vez. De regreso en Salta, me propuse alcanzar un objetivo importantísimo muy lejos del Chañi: una expedición por los Hielos Continentales en diciembre del 95, la tercera masa de hielo más grande del planeta después de la Antártida y Groenlandia. Conseguí sponsors, un compañero compatible y lo logré: salimos del pueblo El Chaltén (prov. de Santa Cruz), ingresamos al gran desierto de hielo por el Paso Marconi, usando esquíes de travesía y trineo para la carga salimos al Paso del Viento y regresamos nuevamente al Chaltén. Fueron 8 días durísimos, soportamos vientos de 130 km/h y temperaturas de -20ºC, permanecimos 60 hs. dentro de la carpa sobre el glaciar esperando que pase la tormenta, y hasta me caí en una grieta. Es increíble pero no podía sacarme el Chañi de la cabeza, no solo por el hecho de no haber podido hacer cumbre sino por que para mí esa montaña tenía un magnetismo especial y sabía que algún día volvería. Comenzó el año 1996 y decidí finalmente bajo una increíble convicción que lo subiría en solitario, algo que nunca antes había intentado ni siquiera en un cerro de menor altura. No me costó convencer a unos amigos que tienen vehículos 4x4 para que me lleve uno y me busque otro. Escribí en un papel todo lo programado: horarios de viaje de ida y vuelta, comida, agua y equipo. Hice las compras en el supermercado y ya estaba logísticamente listo. El 1º de mayo de 1996.- partí a bordo de un Land Rover con destino a la base del Chañi(170 km de la ciudad de Salta). Eran tres amigos los que me acompañaban y luego de tres horas de andar, llegamos a destino. Luego de los deseos de suerte, los abrazos y las maniobras para dar vuelta el vehículo en la angosta huella de la mina abandonada, se alejaron. Al darme vuelta sobre mí, veía el cerro en toda su magnitud, tal como lo había dejado la última vez, mientras iba desvaneciéndose el ruido del motor que se alejaba. En ése momento comprendí que a partir de ahora quedaba solo hasta el día 5 de mayo en que programé el lugar y la hora donde me debían pasar a buscar (mucho más abajo del lugar donde me dejaron). Cargué la mochila que pesaba 25 kgs. y comencé la marcha de ascenso a las 13 hs. con destino al lugar apropiado para establecer el campamento de altura. A las 19 hs. llegué a un sector de la ladera donde se nivelaba el terreno (4800 mts.), comenzaba a nevar y el viento era considerablemente fuerte. La hora, el terreno y el tiempo me convencieron que era allí el lugar apropiado para armar la carpa. El viento fue el encargado de demorar éste trámite una media hora, ya que era muy difícil evitar que levante vuelo el campamento. Una vez adentro, preparé la cena, me introduje en el saco de dormir y programé mentalmente el día siguiente. En la mañana del 2 de mayo, desperté a las 0700 hs, preparé el desayuno y decidí realizar mi primer ascenso al Chañi Chico (5470 msnm) como para completar el aclimatamiento y poder llegar a la cumbre mayor sin problemas al día siguiente. Al regresar del Chañi Chico al campamento, repasaba mentalmente cómo iba a ser la jornada del día siguiente en la que me esperaba el mayor desafío: la cota máxima de los 5.950 mts. del Chañi a la cual no pude acceder hace 11 meses atrás. Decidí iniciar el ascenso a las 04:00 hs del 3 de mayo bajo la intensa luz de la luna y un cielo tapizado de estrellas por donde se lo mire. A unos 200 mts. del campamento dejé prendida una linterna intermitente, pensando en la vuelta. Pese a la claridad descripta, y a solo una hora de dejar la carpa, las sombras me confundieron al tomar una ruta que me llevó a un peligroso sector de la ladera caracterizado por la presencia de lajas sueltas. Era un sector de aproximadamente 300 mts. de marcha extremadamente inestable ubicado en la parte superior de un barranco de rocas. Sentí miedo al darme cuenta que un paso en falso y mi mujer y mis hijas no me tendrían nunca más a su lado. Sentí miedo por el futuro y no por el presente. Sentí inmediatamente el instinto de autodefensa o autoconservación de la especie que me llevó a ordenar mis pensamientos, a tranquilizarme y a pensar que éste lugar lo había visto de día, y sabía como pasarlo. Luego de autocontrolarme para mantener la calma y estudiar cada paso a seguir, logré superar el terreno y llegué al abra casi al amanecer (5.000 msnm). Qué paisaje espectacular se podía ver desde allí, hacia el oeste las nubes parecían dispersas como islotes hasta el horizonte, para el oeste, la puna se extendía de norte a sur dominando el gran salar jujeño. De inmediato comencé a sentir muchísimo frío en los dedos de las manos y los pies, eran las 07:00 de la mañana, estaba amaneciendo y la lectura del termómetro indicaba -15 Cº. Desde el abra hasta la cumbre sabía que el esfuerzo iba a ser grande, la cabeza dolía mucho, así que decidí hacer un alto para comer un poco de pasas de uva, nueces, almendras y chocolate para tener las calorías suficientes para el resto del día. En todo momento analizaba el siguiente paso y me aseguraba de contar con el menor margen de riesgo para llegar a la cumbre, era un objetivo grabado a fuego en mi mente y en ningún momento dudé de ello. Luego de continuar la marcha, y al cabo de un par de horas, me detuve nuevamente en un pircado que era un observatorio de los incas en ruinas, y entendí por qué lo fue, desde allí se divisaban en forma espectacular todos los valles hacia el este y sur, las salinas grandes al oeste y la cadena de montañas que hacia el norte van descendiendo hasta desaparecer en el altiplano. En ése momento no existían límites políticos en mi mente, solo veía la espectacular dimensión de la naturaleza, y para cualquier ser humano de cualquier religión que allí se encuentre, puede percibir la obra de un creador, de un ser supremo. Al llegar a la antecumbre fue necesario el uso de crampones en mis botas para no resbalar en los extensos planchones de nieve y hielo que anunciaban la proximidad de la cima. Los últimos tramos fueron muy duros por la reducción del nivel de oxígeno en el aire sumado al esfuerzo realizado. Un dolor de cabeza intenso me acompañó durante los últimos 200 mts de ascenso. A las 14:00 hs. del 3 de mayo de 1996, luego de afirmarme en una roca para pisar nuevamente el hielo, levanté la vista y encontré tres cruces desprolijamente dispuestas a escasos 10 metros de distancia. De pronto me invadió una extraña sensación de ligereza y llegué hasta ellas con una emoción indescriptible, era la cumbre principal del nevado de Chañi de 6.200 metros sobre el nivel del mar. No pude entender como hay personas que, ante la naturaleza, se sienten disminuidos e insignificantes ante la inmensidad. Yo por el contrario me sentía parte de toda aquella grandeza, y no tenía forma de expresarla de modo tangible para que alguien me comprenda del por qué estaba allí solo. En realidad no tuve el sentimiento de soledad en ningún momento, compartí un fluido diálogo conmigo mismo y con la madre tierra. Me sentí absolutamente realizado como ser humano y como montañista. Había un libro dentro de una caja metálica, el cual contenía todos los ascensos anteriores. Escribí un breve relato de mi travesía con la dedicación para mi mujer y mis hijas, guardé el cuaderno y me preparé para el descenso. No debía olvidar que, luego de la cumbre, inconscientemente llegaba la errónea sensación del objetivo cumplido y el relajamiento del cuerpo y la mente para regresar “a casa”. Sabía que ésa relajación y confianza era sumamente peligrosa para el descenso y volvía a concentrarme de igual modo para no cometer errores. Cerca de las siete de la tarde, alcancé a ver la baliza estroboscópica con la que señalé el camino de vuelta y en ése momento sentí una tranquilidad y satisfacción que movilizó mi orgullo de pensar en lo que logré ése día. Llegué al campamento casi al anochecer con una sonrisa tipo el guasón de batman, preparé una buena sopa para hidraterme, comí un poco, escuché a Landrisina por alguna estación de amplitud modulada y dormí hasta las 09:00 hs. del día siguiente. Desarmé la carpa para bajar hasta la base del cerro. Allí encontré a una pastora cuidando su rebaño de obejas y cabras, que extrañada me preguntó: ¿y el compañero dónde anda?(por mí adentro pensé “más vale sólo que mal acompañado” en recuerdo del anterior intento. Su gesto al recibir mi contestación, fue mi primer mensaje tácito de admiración por lo que había logrado. Me ofreció su vivienda para dormir allí esa noche y acepté gustosamente. Amaneció el 5 de mayo con un sol espléndido, me despedí de la señora y su hermano y caminé casi 10 km odiando las botas doble a cada paso hasta el cruce de la ruta provincial y la entrada al camino de la vieja mina. Llegué a las 14:00 hs. y me desplomé del cansancio a la vera de la ruta que sólo circula un camión por mes. A los 30 minutos escuché una bocina, miré hacia atrás y eran mis amigos que venían a buscarme. Estaban listos para ir a hasta la cumbre si era necesario, pero allí me encontraron y nos confundimos en abrazos, agradecimientos y felicitaciones. Mi objetivo estaba logrado, en ésos días encontré un amigo: yo mismo. Agradezco a mi mujer por aguantarme sin llegar a entenderme, a mis amigos por apoyarme, a Dios por protegerme y a la Pachamama por permitirme subir. |